Psicoanálisis multifamiliar. Un juego de vivencias de gran poder curativo

24 de octubre, 2020

La Nación // Por María Elisa Mitre

En la terapia creada por García Badaracco, de cuya muerte se cumplen diez años, las patologías mentales de origen vincular se trabajan en familia.



El psicoanálisis multifamiliar es, sin dudas, el principal legado de Jorge García Badaracco, médico, uno de los maestros principales del psicoanálisis en la Argentina. Comenzó a desarrollarlo en el Hospital Borda a comienzos de los años 60. Trabajando en grupos con pacientes difíciles llegó a la conclusión de que todas las patologías mentales graves se podían curar si se dan las condiciones necesarias. Uno de sus aciertos fundamentales fue advertir la importancia de la familia para el proceso de curación. Pensaba que los pacientes se enferman en la familia y se curan con la familia. Por eso, una de las ideas conductoras de su teoría es ayudar a los padres a que ayuden a los hijos y los hijos, a los padres.


Llevo muchos años coordinando grupos multifamiliares. Escribí y, sobre todo, leí abundante material teórico, tanto de García Badaracco como de sus discípulos. Sin embargo, aunque parezca extraño, no me resulta fácil describir cómo funcionan. Puedo decir que los grupos son complementarios y enriquecen la terapia individual. Quien ingrese por primera vez a uno de ellos puede sorprenderse. Tienen lugar en un salón grande donde se hallan dispuestas varias hileras concéntricas de sillas ocupadas por jóvenes y adultos, mujeres y hombres. Familias que concurren con un sufrimiento que otros abordajes terapéuticos no consiguieron atenuar. Quienes coordinan, se sientan entre los pacientes y las familias. Son profesionales formados en psicoanálisis y psiquiatría que, se podría decir, dejaron de interpretar conductas para escuchar las voces verdaderas de quienes tienen que ser escuchados.


Hay silencio antes de comenzar, y no hay consignas. Ese ámbito de escucha, en el que no se interfiere ni se invaden los pensamientos y sufrimientos de los otros, provoca que alguien empiece a hablar.


Podemos llegar a ser sesenta en cada reunión. La presencia de los profesionales no es impositiva.


Es difícil que a alguien de los que estamos allí sentados, sin tribuna ni jefe, no le llegue algo de lo dicho. Así, poco a poco, y en la confianza de que nadie será "interpretado" o se sentirá juzgado, se entretejen vínculos que fortalecen el propio aprecio personal cuando está dañado. Ahí empiezan a aliviarse el dolor y el miedo. Porque desaparece la visión de estar solo, de ser el único "al que le pasan esas cosas", de ser el que está fallado y de que esa condición es irreversible. De pensar que el conflicto es eterno e insoluble.

Es en los otros participantes del grupo que resurgen las figuras parentales con las que uno puede enojarse y amigarse después para recuperar lo mejor de ellas o para ir sacándoselas de adentro, para llegar más cerca de quien uno es en realidad: una persona independiente y, aunque no defectuosa, diferente de aquella que se pretendió que fuéramos.


En los grupos multifamiliares vi desarmarse "personajes" para favorecer la aparición de la adolescente, el joven, la madre, el padre, la abuela que uno es en realidad. Ese personaje desmontado habla de sus vivencias y las comparte en un clima de solidaridad, habla no desde su entendimiento sino desde su historia.


Se crea un clima que facilita la posibilidad de compartir emociones, que, aunque fundamentales para la curación, son lo que más se temen. Cuando las personas logran perder el miedo a participar emocionalmente, empiezan a disfrutar mucho más de la experiencia.


Hablan otras personas, de lo que sienten, de lo que les despierta los relatos de otra familia, o de su propio sufrimiento, de sus imposibilidades. A veces hay reclamos violentos que enmascaran a un ser indefenso que pide ayuda. Ver a ese ser indefenso detrás de las actuaciones permite pensar, casi, que la enfermedad mental no existe. Que los delirios y las alucinaciones son construcciones creadas para no sufrir.


Se evita buscar culpables, se genera un clima de confianza, donde se puede contar con otros para compartir situaciones dolorosas de las que nunca se pudo hablar. Hay padres que hablan por primera vez así y lloran. No se trata de aplicar un conocimiento, sino de ver qué necesita el otro y cómo ayudarlo. No pasa por la mente, sino por el corazón.

En los grupos multifamiliares lo que le ocurre a una familia o a uno de sus integrantes les ocurre a otras. Hasta el más serio de los padres, el más enojado, percibe que algo puede cambiar. Muchas veces este tipo de percepciones son casi inconscientes, pero ocurren.

En un nivel más complejo, se va entreviendo en algunas familias cómo el hijo se identificó con el sufrimiento de sus padres y no puede desprenderse de él para hacer su propia vida. Se inmola.


Este proceso de identificación puede dar lugar a lo que se conoce como interdependencia patógena. Ni el hijo puede desprenderse del padre, ni el padre del hijo. Para el hijo, desprenderse puede implicar dejarlo solo al padre o encarar su propia vida, incierta, desconocida y atemorizante.


Se trata, en esencia, de destejer la trama emocional que une a los hijos con los padres. Muchas veces, cuando los padres dejan salir la emoción, surge que ellos también han sufrido lo mismo cuando eran niños.


Este juego solidario de vivencias tiene un gran poder terapéutico. La forma natural de los terapeutas de desdramatizar lo que ocurre, de no alarmarse por lo que se dice, ayuda a los padres y a los hijos. Hace caer las defensas y las culpas, habituales en las contiendas familiares.


Lo más impactante es el respeto. Los pacientes -padres, hermanos, hijos- perciben con claridad que en el grupo y en sus coordinadores hay un interés genuino por el otro.

Y aquí aparece uno de los conceptos fundamentales de García Badaracco: la virtualidad sana. Los terapeutas que coordinan los grupos de psicoanálisis multifamiliar deben tener el convencimiento de que detrás del sufrimiento existe una virtualidad sana. Un espacio que el paciente protege sin saberlo, sin tener conciencia de que lo está haciendo, porque nadie nunca lo reconoció o no pudo reconocerlo por sus propias historias y limitaciones.


Y el paciente, tanto el hijo como el padre, percibe de a poco que el grupo terapéutico le está diciendo que reconoce en él esa virtualidad sana, que es mejor que salga de su personaje y empiece a vivir su sí mismo.


Es un proceso donde lo último que se desgasta es el síntoma. Los padres o los hijos o los hermanos no han conocido otra forma de vincularse. Cuando comienzan a estar mejor sienten alivio y agradecimiento y, sobre todo, esperanza.


En los grupos multifamiliares la enfermedad mental, por ponerle un nombre genérico, o el problema en las familias con conflictos severos, nunca es atribuido a un miembro sino a un problema vincular, donde el más débil o indefenso es el más sintomático. Se ayuda a los hijos y a los hermanos, y se ayuda a los padres a que logren hacer un proceso terapéutico propio, sin estar referidos a sus hijos.

Es un espacio donde nadie tiene razón. Las disputas por la razón llevan a un conflicto interminable que impide alcanzar una verdadera autonomía. En ese compartir emociones va surgiendo lo más auténtico de uno mismo, el verdadero ser de uno mismo, de los hijos, y también de los padres.



La soberbia y la omnipotencia, necesarias en un comienzo para enmascarar la vulnerabilidad, son reemplazadas por la humildad y la capacidad de pedir ayuda, de escuchar y ponerse en el lugar del otro sin imponerle certezas.


También, por temor al sufrimiento, hay gente que deja de participar. No advierten que compartir el sufrimiento con otros desgasta el poder enfermante de ese sufrimiento.

Durante muchos años fui paciente de análisis. Cuando conocí a Jorge García Badaracco logré conectarme con mi parte más verdadera. Por primera vez en mi vida, pude compartir mis emociones.

Psicóloga y psicoanalista, directora del Centro Ditem; autora de Las voces de la locura y Las voces del silencio


Homenaje a García Badaracco

A diez años del fallecimiento de Jorge García Badaracco, el Centro Ditem acaba de publicar un libro sobre la figura, el pensamiento y el legado de este reconocido médico y psicoanalista nacido en Buenos Aires en 1923, creador del psicoanálisis multifamiliar. Compilado por María Elisa Mitre, Norberto Mascaró y Claudia Tardugno, Diez años después. Homenaje a Jorge García Badaracco reúne más de veinte ensayos de terapeutas y profesionales del país y del extranjero que abordan distintos aspectos de esta forma de terapia que propone un enfoque vivencial del tratamiento de las enfermedades mentales.

Algunos textos del libro se centran en la persona de García Badaracco, en su calidad humana y en su lucha por desarrollar y transmitir ideas innovadoras que proponen un camino de cura de la enfermedad mental a través de la palabra y la escucha atenta, y que involucra a las familias de los pacientes.

"Un hombre profundo y profesional que tenía la capacidad de transmitir su pensamiento y su experiencia de una forma simple que todos podían comprender. En esta sencillez se veía su capacidad de mirar, escuchar y ver al otro", escriben los compiladores en el prólogo. "Un logro que habla también de su teoría, de lo que cada uno de nosotros ha llevado adelante en este tiempo".

El pensamiento y el enfoque de García Badaracco encontró eco y se desarrolla también en países como Italia, España, Francia, Portugal y Uruguay.


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